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Ofrecimiento de los Dolores 2012

 

  OFRECIMIENTO DE LOS DOLORES DE

VALLADOLID A NUESTRA MADRE

LA VIRGEN DELOS DOLORES

 

A CARGO DE:

 

D. ÁNGEL CUARESMA RENEDO

 Delegado de la Gaceta de los Negocios en Castilla y León

 

  

He aquí helados, cristalinos,

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo,

aquellos miembros divinos.

Huyeron los asesinos.

Qué soledad sin colores.

Oh, Madre mía, no llores.

Cómo lloraba María.

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.

(Via Crucis de Gerardo Diego. Penúltima Estación)

 

 

Madre, aquí tienes a tus hijos, al pueblo fiel de Valladolid, este rebaño que peregrina en la tierra y que, como manda la tradición, acude cada año a tu llamada en estas horas de soledad y aflicción, pero también de esperanza. Nosotros, algunos de tus hijos, y este que se dirige a Ti en su nombre, venimos a acompañarte cuando aguardamos expectantes ese acontecimiento que la Fe nos hace esperar y que da sentido a lo que estos días hemos vivido con intensidad: la Resurrección de tu Hijo y Señor Nuestro.

 

 

Hoy, en el corazón de muchas gentes es Sábado Santo; para otros, es Sábado de Gloria; aquí, en la iglesia de la Santa Vera-Cruz, en uno de los rincones emblemáticos de la Semana Santa vallisoletana, la mejor Semana Santa del mundo, es Sábado de Dolor y, como sucede año a año desde hace décadas, la ciudad de Valladolid viene a ofrecerte sus pesares y a proclamarte a Ti, Madre, Reina del Dolor. Sin embargo déjame que antes y también con el permiso del señor arzobispo, que engrandece este encuentro presidiéndolo, como lo engrandecen, sin duda, todas las autoridades y todas las personas que nos honran con su presencia; déjame, decía, que agradezca a la Cofradía de la Santa Vera-Cruz, a su alcalde-presidente, José Luis Martínez; a su secretario general, Santos Milla; a los responsables de la organización de este acto, entre ellos Maite Fernández y José Luis Miguel, y a muchos a los que el tiempo y el espacio impiden mencionar pero que saben que están en mi corazón, y a todos los hermanos por haberme honrado al encargarme esta abrumadora responsabilidad, la de poner cara y voz a uno de esos actos que distinguen la Semana Santa de Valladolid de las del  resto de España.

 

Estamos en un día discreto, en el que las gentes de bien no pasean su pena por las calles; la guardan en los rincones de sus casas, de sus lugares de estudio, de trabajo o de oración. Han concluido ya las grandes manifestaciones de Fe, devoción, arte y religiosidad popular de los días centrales de la Pasión y la ciudad quizá no duerma, pero tampoco alborota. Hoy no es un día de grandes procesiones, es una jornada de reflexión, de vida interior, de prudencia, de austeridad, de eso que tanto se achaca a nosotros, los vallisoletanos, pero que no es, ni de lejos, lo que estos días hemos vivido en nuestras calles.

 

Hoy venimos a ofrecerte, Madre, las pequeñas y grandes cosas que nos preocupan, que nos abruman, que constituyen el pan nuestro de cada día y que hacen que la vida pueda parecerse a un barril de hiel con unas gotitas de miel. Esas chinitas o grandes piedras en un camino que a veces se nos hace muy cuesta arriba, que otras nos parece un mundo y que, afortunadamente y gracias a tu mano intercesora, en ocasiones no pasan de ser un pequeño incidente que pronto se nos olvida para dar paso al siguiente.

 

Y mientras nosotros no preocupamos por esas pequeñas molestias con las que nos topamos en nuestro paso por este mundo, hay muchos otros que sí tienen que afrontar verdaderos problemas, en ocasiones auténticos dramas de los que puede que no se enteren ni sus compañeros de trabajo, ni sus vecinos, ni esos que se llaman amigos.

 

Y estos son, Señora, los que hoy quiero ofrecerte en esta tarde de la primavera de Valladolid en la que el sabor salado y amargo de las lágrimas no debe enronquecer las gargantas de quienes vamos a ofrecerte unos minutos de nuestro tiempo. ¡Qué poco nos pides y cuánto nos das a cambio!

 

En primer lugar, quiero ofrecerte el dolor de aquellos que ya no lo padecen, que gozan de un lugar de privilegio en la Casa del Padre a la que Tú les has conducido con tu mano protectora. No puedo mencionar a todos pero déjame que, al menos, como homenaje a tantos que se fueron en este último año, recuerde en primer lugar a Godofredo Garabito, uno de tus hijos más devotos que, aquella Semana Santa de 1986, vino hasta Ti para ofrecerte su prosa y su verso. Godofredo concluía su ofrenda, que tantos textos ha inspirado, pidiéndote que “la humanidad entera encuentre la paz y el sosiego, la seguridad y la prosperidad, la justicia y el equilibrio, el desarme y el trabajo que dignifica a los hombres y que, en el hontanar de tu corazón, ya sin espada y sin dolores, nazcan lirios, broten rosas y todo sea tiempo de bonanza”.

 

Quiero recordar, Señora, a hijos tuyos y hermanos nuestros, como Pepe Millaruelo, al que reclamaste un Domingo de Resurrección para que, como hizo durante décadas en la tierra, siguiera a Tu servicio en el Cielo, dando fe de lo que allí sucede; siempre te llevas, Señora, a los mejores. Y quiero recordar a Poli, tantos años velando en la Junta de Cofradías y en las calles por el buen discurrir de las procesiones y de tantas y tantas situaciones de estos días grandes y santos. O a Antonio Alarcos, premiado en la tierra por la Asociación Cultural Valladolid Cofrade y que, a buen seguro, estos días ha recibido en el Cielo el mejor de los regalos, Tu presencia. O José Luis Peláez, contador de la cofradía del Despojado, que se nos fue días antes de la semana de Pasión. Quiero acordarme de una de tus hijas, de Begoña Alonso; fíjate si te querría, que se quedó a vivir aquí, a tu lado y con su familia, en el lateral del templo y hoy sé que sigue contigo, ayudándote a organizar la Casa y cuidando de los nietos de los ángeles. Cuando termino de redactar estas líneas, me llega la noticia de la muerte, el Jueves Santo, de Victoria del Valle, madre de Victoria Delgado, secretaria sucesora de la Cofradía, para quien deseo, también, que descanse en paz. No puedo, y bien que lo siento, mencionar a todos los cofrades de la Vera-Cuz y de las restantes hermandades cuya marcha nos hizo llorar en estos meses pero nuestra Fe nos hace saber que les has hecho un hueco en el lugar donde no hay dolor, ni pena, ni enfermedad.

 

Hace ya algunos años, una recordada maestra y compañera, a la que la Virgen llamó a su regazo a la vez que este humilde periodista daba sus primeros pasos en la profesión, María Teresa Íñigo de Toro, se dirigía a Ti para, con mucha mayor brillantez que quien hoy comparece ante tu Trono, ofrecerte la fe y el trabajo de una ciudad. El profesor Javier Burrieza, en su libro Las Letras de Pasión, recoge aquel texto que, desde entonces, es un modelo para los que torpemente nos dedicamos a escribir sobre nuestra Semana Santa. Decía María Teresa, la periodista de nombre hermoso y voz cálida: “Yo tengo aquí una carta en cuyo sobre sólo dice Señora de la Vera-Cruz; y, por eso, sé que es para Ti. Es una carta múltiple, firmada por cientos de personas que han acudido a mí porque hoy, esta noche, aquí y ahora, soy como un puente entre quienes la escribieron y Tú, que vas a recibirla. Me han dicho sólo una cosa, a modo de preludio: que busque el dolor allí donde esté”. Y María Teresa buscó el dolor y lo encontró, pero también halló la paz una Semana Santa de 1988.

 

Muchos años después, bueno será, también, Madre y Señora, que yo te ofrezca el dolor de quienes no pueden acercarse a admirar esta hermosa talla de Gregorio Fernández, doblada por el peso de la pena, porque están en sus casas, atados a una silla de ruedas, o a una botella de oxígeno; o porque están tendidos en la cama de un hospital sujetos a una fina aguja que les priva de la libertad pero les une a la vida, que les alivia el malestar, que les proporciona el alimento y les devuelve las ganas de vivir. Quiero ofrecerte, Señora, el dolor de aquellos que, en los peores momentos, pierden la esperanza después de años luchando contra los síntomas, después de años viajando de ciudad en ciudad en busca del ansiado remedio, después de años intentando disimular el sufrimiento ante los seres queridos pese a que, quién sabe, compartir el dolor puede que sea una buena terapia.

 

Quiero ofrecerte el dolor de otras madres, las que ven a sus hijos alejarse, o a los que la vida se les acaba en una curva mal trazada, en una obra de la carretera que nunca se hizo o que se hizo mal, o aquellos a los que el coche se les fue tras una señal colocada de manera equivocada. ¿Cómo olvidar, Señora, a aquellas madres que veían, y quizá hoy sigan viendo en algunos lugares, a sus hijos caer en las redes de la droga, de esa substancia de la que algunos les hicieron creer que les iba a proporcionar la felicidad, el bienestar, y que, en realidad, no fue sino el inicio de una espiral de sufrimientos para ellos y los suyos?

 

Vuelvo mi mirada hacia Ti, gran mujer de la Semana Santa de Valladolid, y veo que tu cara ha perdido el color, como lo perdemos tantos y tantos españoles, y tantos y tantos ciudadanos de otros lugares del mundo, cuando contemplamos a las víctimas del terrorismo y a sus familias; cuando al inconmensurable dolor por la irreparable pérdida, se une el olvido, cuando no el desprecio, de una sociedad que prefiere hacer como si nada hubiera pasado, algo así como si volviéramos a crucificar a Cristo.

 

¿Puede haber mayor dolor que el de una Madre cuando pierde a su Hijo? Cuando lo ve colgado quizá no de un madero pero puede que de un andamio, o abatido por una bala, o quebrado por una enfermedad a la que todavía no hemos encontrado solución, o desesperado porque no encuentra su primer empleo o ha perdido ya ni se sabe cuántos.

 

Por eso quiero ofrecerte también, antes de que las sombras de la tarde-noche de abril den paso a la luz que tanto anhelamos, el dolor de esos padres y de esas madres que, cada mañana, llevan a sus hijos a desayunar a Caritas antes de dirigirse al colegio y después recorren la ciudad (las casas, las empresas, los centros de atención social) en busca de un trabajo. “De lo que sea”, es la frase que con harta frecuencia oímos estos días quienes aún disfrutamos de esa bendición del Cielo que es un empleo. Padres y madres de todas las edades: recién casados, maduros, algunos en edad provecta, que ya ni siquiera pueden pedir limosna pese a que la Santa Mare Iglesia nos recomienda a los católicos que seamos generosos, muy especialmente en el tiempo de Cuaresma y Semana Santa; padres y madres que, al llegar la tarde, acuden a su parroquia a ver si allí los Magos de Oriente han dejado algo de ropa, puede que un juguete o hasta un pequeño capricho.

 

Pero, vuelvo mi mirada a Ti, Madre del mejor Hijo, y veo que sigues ahí, con esa expresión dolorida, la que inspiró al gran imaginero y generó la devoción del pueblo fiel. Vuelvo mi mirada hacia Ti como, un año más, hicieron miles y miles de vallisoletanos y visitantes que, el Lunes Santo, al verte desfilar por las calles más céntricas de la ciudad, te llamaron Madre amable y admirable, cantaron a los cuatro vientos que Tú eres la Virgen digna de veneración, la Causa de nuestra alegría,  la Salud de los enfermos, el Consuelo de los Afligidos y el Refugio de los pecadores; vallisoletanos y visitantes que no dudaron en ver en Ti una poderosa y al tiempo prudente Torre Ebúrnea, que no dejaron que pasaras delante de sus miradas sin considerarte, ya para siempre, la Reina de las familias, la Reina de la paz.

 

Es la misma expresión que lucías el Miércoles Santo cuando vino a visitarte tu Hijo, el Nazareno, en el inexorable Camino de la Cruz; es la misma expresión que, cada noche de Jueves a Viernes Santo, hace que se detenga la vida a Tu paso cuando caminas, impulsada por el esfuerzo de tus hijos, los hermanos de la Cofradía de Santa Vera-Cruz.

 

En muchos de esos momentos, apostados impacientes en las aceras, soportando el frío que estos días siempre acentúa un poquito nuestra pequeña penitencia, mis hijos, Sofía y Ángel, me preguntan: “Papá, ¿por qué está triste la Virgen?” Cómo no ha de estarlo, pregonó hoy, entre las paredes de esta Iglesia y ante mis hermanos a los que vuelvo a agradecer su atención. Porque, no nos engañemos, la Virgen quizá no esté triste sólo por lo que le sucedió a su Hijo, hace cosa de dos mil años. La Virgen se pone triste, y se desespera, y agoniza, cuando ve cómo nos desenvolvemos cada día, cuando, desde su Trono entre la Platería y la Rúa Obscura, se asoma a una sociedad dividida por el odio, por las guerras, por las injusticias.

 

Cómo no va a estar triste la Virgen cuando ve nuestra actitud con el de al lado, cómo pisamos al que llega más alto en el trabajo, en el estudio o en la vecindad. Cómo no va a estar triste la Virgen cuando ve cómo se margina al más débil, cómo se desprecia al que no se puede defender. Cómo no va a estar triste la Virgen cuando ve que nadie renuncia a nada, que nadie se entrega a los demás.

 

Cómo no va a estar triste a Virgen, y Dios mismo que todo lo perdona, cuando asiste al martirio diario de la Iglesia, a la que se humilla, a la que se menosprecia, a la que se ridiculiza, y ésta reacciona poniendo la otra mejilla, devolviendo bien por mal, acudiendo siempre a la llamada de quien la necesita sin preguntar por adscripción personal, ideológica o religiosa.

 

Cómo no va a estar triste la Virgen cuando ve tantas nuevas matanzas de inocentes, tantos niños perdidos que no son hallados en el templo; niños a los que sus propios padres niegan los sacramentos, a los que sus propios padres impiden conocer a Jesús y su mensaje de paz y bien, como si fuera posible ocultarles la Gracia de Dios; niños a los que su familia esconde que hay algo hermoso en la Iglesia, en la catequesis, en la oración.

 

Cómo no va a estar triste la Virgen cuando ve a tantos niños y mayores sin pan, sin agua potable corriente, esclavizados en vertederos tóxicos, cuando aquí reñimos o competimos por poseer el más novedoso de los avances tecnológicos con el que sustituir las horas de juego.

 

Cómo no va a estar triste la Virgen, este año, cuando los niños, aquellos de los que el Maestro dijo “Dejad que se acerquen a Mí”, no han podido acompañarla en las procesiones porque sus obligaciones escolares les impiden celebrar la Semana Santa. No les hagamos renunciar a la más arraigada de nuestras celebraciones porque sería segarle de raíz el porvenir pues en los niños está, sin duda, el futuro de nuestra tradiciones. Este año, las cámaras de Chema Concellón y de Pedro Muñoz han estado más apagadas, sin los más pequeños en el objetivo. Yo creo que la única sonrisa que he intuido asomar tímidamente en tus labios nos la regalaste a mediodía del Domingo de Ramos, cuando los niños de la ciudad, a la llegada del más sencillo de nuestros pasos, el que ellos más valoran, el de La Borriquilla, agitaban sus palmas y ramos de olivo; en ese momento, estoy seguro de que tu faz cambió, siquiera por unos pocos minutos; y lo creo porque he visto reflejada esa tímida, esa tenue sonrisa, en los rostros de los pequeños que se agolpaban en los alrededores, que cantaban Hosannas y Glorias al Hijo de David, cansados ya después de un par de horas de procesión.

 

Por todo esto, y por tantas y tantas cosas, te proclamamos, hoy, Madre, en este Sábado de Gloria y en esta Iglesia de la Santa Vera-Cruz, Reina del Dolor; te proclamamos Reina del Dolor y te pedimos que nos acompañes y nos alivies de los nuestros, que nos surtas de fe y nos proveas de tu cariño.

 

A cambio, voy a dejarte, Señora, con una buena notica. Mañana, a eso del mediodía, cuando estés aquí sola, en tu refugio, con los brazos extendidos, con tu gesto de pena adornando tu desesperación; mañana, cuando estés rezando por nosotros y por nuestros hijos, y por nuestros padres, y por nuestros abuelos; por los que están y por los que nos contemplan desde el Cielo; mañana, a eso del mediodía, oirás que cerca, muy cerca, repican las campanas; sentirás a las palomas volar en círculo; llegarán hasta tus oídos, tan Misericordiosos como tus Ojos, los sones del Aleluya. Y alguien, uno de tus hijos, gritará al cielo de Valladolid, al cielo de Castilla y León, al cielo de España, dos frases que se grabarán en molde de oro en el firmamento de la esperanza

 

Cristo ha resucitado. Cristo ha resucitado y está entre nosotros.

 

¡Aleluya!

 

Felices Pascuas de Resurrección y muchas gracias.

 

 

Pronunciado en Valladolid, a 7 de Abril de 2012

 

Festividad del Sábado de Gloria

 

 

Podéis ver más fotografías de este acto en esta noticia