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IV Pregón Vera Cruz: D. Javier Carlos Gómez Gómez

 

IV PREGÓN DE LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA

COFRADÍA DE LA SANTA VERA CRUZ

SÁBADO, 10 FEBRERO 2018

20 HORAS

 

PREGON DE LA SANTA VERA-CRUZ

 

 

 

Me siento muy halagado por la invitación que esta cofradía de la Santa Vera-Cruz, tan vinculada primero a la parroquia de San Miguel y ahora a la Unidad Pastoral de San Miguel-San Nicolás, me hace para pregonar su Semana Santa.

 

Es un oficio, el de pregonero, que desde muy niño he admirado porque desempeñaba una tarea social, que consistía en informar de los acontecimientos de interés para el pueblo o para un grupo de sus vecinos. Antes que llegaran los modernos medios de comunicación era el encargado de transmitir las noticias. Y, por el recuerdo que yo rengo del pregonero de mi pueblo, sabía hacerlo de forma breve concisa y clara.

 

Cuando yo me he sentado con papel y bolígrafo, delante del programa que la cofradía tiene para esta Semana Santa, inmediatamente me he dado cuenta que, si pretendo pregonarlo todo, no sé si conseguiré claridad, pero de lo que sí estoy seguro que no seré ni conciso, ni mucho menos breve.

 

Por eso he intentado centrarme en celebraciones, advocaciones o momentos que, además de tener una fuerza religiosa fuerte, lleva también un mensaje especial de aliento para ayudarnos a mirar la realidad con la valentía y la ilusión suficiente como para desear transformarla y  convencernos que está en nuestras manos deshacernos del hombre viejo, y dejar nacer en nosotros el hombre nuevo fruto de la resurrección del Señor.

 

Este año la Cuaresma viene madrugadora, y el 14 de febrero, coincidiendo con el día de los enamorados, la Iglesia nos invita a todos a la imposición de la ceniza. Con aquello de “conviértete y cree en  el evangelio” comenzamos un camino de preparación para la Semana Santa, para la Pascua del Señor.

 

En este templo de la Venerable cofradía de la Vera-Cruz, la Cuaresma se vive de una forma especial: triduos,  novenas, quinarios y misas dominicales van llenando todos los días. Ofreciendo un espacio de oración, reflexión y meditación no sólo para los cofrades que a ella pertenecen, también para devotos y miembros de otras cofradías que vienen aquí a celebrar sus cultos.

 

En esta realidad en la que vivimos no siempre resulta fácil descubrir la llamada que la Cuaresma nos hace a la conversión. Son varias las razones y circunstancias. Nuestra sociedad secularizada trata de prescindir cada vez más de Dios. Se procura vaciar de contenido signos o acontecimientos religiosos y proceder a su celebración solamente desde la faceta lúdica o festiva. Cada vez hay una manifestación más amplia de personas que afirman no necesitar a Dios.

 

Por otro lado está influyendo el relativismo que hay en nuestra sociedad, y que, al hacer depender todas las cosas de los sentimientos personales y a veces momentáneos, no encuentra realidades, actuaciones o comportamientos de los que haya que arrepentirse, o cambiar. Parece que todo está bien, o todo puede justificarse.

 

Y está también la situación de otro grupo de personas que, a la hora de emprender un camino de conversión, parten de una vida tan normal y sencilla que, aun reconociendo que en todo se puede mejorar, no saben muy bien cómo emprender ese camino.

 

Lo cierto es que el 14 de febrero, sea cual sea nuestra situación, todos estamos llamados, a las 8 de la tarde, a escuchar la invitación a la conversión depositando en nuestra cabeza un poco de ceniza. Es una llamada a comenzar unos días de preparación intensa para la semana más importante de nuestra fe. La oración, el ayuno y la limosna son expresión de acogida a esa llamada.

 

¡Ah! No olviden los hermanos cofrades que, en su iglesia de la calle Platerías, el Santo Cristo atado a la columna espera la caricia de sus labios en ese besa pie que, durante todo el día del Miércoles de Ceniza, hará desfilar por las naves del templo a un sinfín de cofrades y devotos que no quieren perderse la cita con el Santo Cristo. ¡Cuántas peticiones! ¡Cuántas alabanzas! ¡Cuántas confidencias! con cada uno de esos besos. Es expresión de la religiosidad popular, pero es también expresión de una fe profunda, de la que solamente Dios sabe su alcance.

 

Y sin perder el tiempo, sin prisa, pero sin pausa, al día siguiente de la santa ceniza, comienza el triduo al Santo Cristo del Humilladero. Su nombre le viene porque hasta el 1681 estuvo en la ermita que la cofradía tenía en la puerta del Campo Grande. Imagen anónima del siglo XVI y, a decir de los entendidos, con influjos de Alonso Berruguete.

 

No pierdan la ocasión los hermanos cofrades de acudir a este triduo porque la palabra humilladero está relacionada con la humildad y, a decir verdad, hoy todos necesitamos una buena dosis de la misma. Como se suavizan las relaciones, se engrasa la convivencia, se lubrifica el trabajo cuando la humildad y la sencillez aparecen en nuestra convivencia.

 

Según la tradición este Cristo salía en procesión cuando, por falta de lluvia, había que organizar algunas rogativas. Todos coincidimos en lamentar la sequía que tenemos. ¡Vengamos todos al triduo! Y con humildad de corazón imploremos al Cristo que nos bendiga con agua abundante. Qué, según la enseñanza del Papa Francisco en su encíclica sobre la ecología, nos ayude a cuidar esta tierra por ser la casa común de todos, la obra de nuestro Padre de la que debemos disfrutar todos sus hijos.

 

Las Misas Cuaresmales son como etapas en el camino que, por un lado nos sirven de aliciente, y por otro nos ayudan a recuperar fuerzas. El domingo, el día del Señor, el día de la Eucaristía, los hermanos cofrades refuerzan esta idea poniendo como referencia alguna de las advocaciones que acogen en su templo. Y el primer domingo de Cuaresma  es el Ecce-Homo el encargado de presidir la celebración.

 

¡Aquí está el hombre! El hombre de nuestro tiempo tantas veces roto y desfigurado por el dolor y el sufrimiento. Por el ansia y la desilusión, por la falta de esperanza. Por el pecado.

 

Hombre que tiene la oportunidad de mirarse en la magnífica talla de Gregorio Fernández, y que, como es sabido por todos, hace alusión al momento en el que Poncio Pilato presenta a Jesús al pueblo, después de haber sufrido una brutal flagelación.  Aquí tenéis a vuestro hombre, mirad lo que he hecho con él. Mirad lo que mi poder puede hacer con él. Dolorido, desfigurado, como dice el salmo, sin apariencia humana.

 

Todos los cofrades estamos llamados a participar en esta Eucaristía a las 12:30 de la mañana, y, desde lo más profundo de nuestro corazón, alentados por la fe que nos congrega, rezar por los hombres y mujeres de nuestro tiempo, por aquellos que están siendo flagelados por los golpes que da la vida, y que a veces vienen de la mano del paro, de la injusticia, del desamor, de la soledad, de las adiciones de nuestro tiempo. Tantas y tantas situaciones que desfiguran a la persona que, como en el caso de Jesús, también ahora nos aparece desfigurado, dolorido, desesperanzado.

 

Orar, orar insistentemente en la Cuaresma, y en todo momento. Es una recomendación que tantas veces se nos hace en la Iglesia. El creyente ha de ser una persona de oración, de experiencia de Dios, de vida interior.  Cada vez se entiende menos un creyente sin esos espacios de silencio, de comunicación con Dios. Como tampoco se entiende un enamorado sin susurros al oído, sin complicidad en la mirada. Para la oración, como para la mayoría de las cosas importantes de la vida, hacen falta buenos maestros.

 

El paso de la Oración del Huerto hace referencia a ese pasaje bíblico que nos recuerda como, antes de su prendimiento, Jesús oró al Padre con insistencia para que le librara de aquella hora. Insistencia, pero acogida incondicional de la voluntad del Padre “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Magnifico testimonio de oración, en muchas ocasiones, contrapuesto a nuestras oraciones para que Dios haga nuestra voluntad. Vengo para que me concedas, te pido para que me hagas. No, Jesús expone su realidad y su necesidad, su miedo y su desasosiego, pero enseguida añade lo que tú quieras, tu voluntad.

 

¡Señor! Cuántas cosas marcharían mejor en esta tierra nuestra si en nuestra oración todos estuviéramos atentos a hacer tu voluntad. Por eso, hermanos cofrades, en el triduo al paso de la Oración del Huerto y la Eucaristía del  segundo domingo de Cuaresma a las 12:30, tenemos una magnifico testimonio de oración. Una oportunidad de aprender a orar como oraba Jesús. En el colegio aprendimos que las partes de la oración son sujeto, verbo y predicado. Ahora debemos aprender que el secreto de una buena oración está en vivir sujetos al Verbo en todo lo que Él ha predicado.

 

 Para el cofrade de la Vera-cruz oración y compromiso deben ir de la mano, por eso el tercer domingo de Cuaresma la Eucaristía, como todos los domingos a las 12:30 de la mañana,  está presidida por el paso del descendimiento. Esculturas de Gregorio Fernández, que recoge el momento en el que Nicodemo y José de Arimatea bajan el cuerpo de Cristo de la cruz. Hoy también hacen falta personas valientes que quieran seguir bajando a los crucificados del siglo XXI de la modernas cruces que, aunque no son de madera como la del Señor, también causan un inmenso dolor, no solo en quienes las sufren, también en los que están a su lado, y como María, Juan o la Magdalena asisten impotentes al desarrollo de los acontecimientos.

 

     No se debe olvidar la labor social que, desde sus comienzos, han tenido las cofradías y que ahora, aunque las circunstancias y las realidades sean muy distintas, tienen que seguir cumpliendo. Aquellas palabras de Jesús, recogidas en el capítulo 25 de san Mateo sobre el juicio final, tienen en nuestra sociedad una resonancia muy especial “tuve hambre, estuve enfermo o desnudo o en la cárcel y me atendiste”.

 

Para descubrir las realidades de la vida hay que saber mirar. En esta iglesia penitencial hay una talla que siempre me ha impresionado por su mirada. Es la de Jesús atado a la columna. Cuando sale en procesión el Martes Santo para participar en la peregrinación de la Promesa, procuro estar en la esquina de Platerías con Conde Ansurez. Me resulta emocionante verle salir del templo y ver cómo te va buscando con la mirada conforme gira para subir por la calle Guadamacileros.

 

Talla de Gregorio Fernández que el próximo año cumplirá el cuarto centenario de su existencia. Hace referencia al momento de la flagelación. El cuarto domingo de cuaresma, al participar en la Eucaristía que se celebrará en su honor, tenemos oportunidad de pedir por todos los que hoy caminan a nuestro lado atados a las nuevas columnas que levanta nuestra sociedad. Son todas esas adicciones al juego, a la bebida, a la droga,  a los chat o a internet. También ellos sufren sobre sus vidas la dureza de la flagelación o las burlas y mofas, no de los sayones y soldados, sino  de los que los ven como, poco a poco, van deshaciendo su vida, y las de los suyos, porque quieren correr tas una felicidad tan efímera que dura apenas unos instantes.  

 

  Termina el camino de la Cuaresma con la novena a la Virgen de los Dolores de la Santa Vera-Cruz, a quien todos los cofrades se dirigen como madre y que, últimamente, está centrando la espiritualidad de la cofradía.

 

Son nueve días para reunirse bajo su amparo y poner ante su presencia sueños, esperanzas, dolores. Mirarla a ella es una invitación a levantar la visa, a mirar a lo alto, mirar al infinito buscando consuelo y esperanza en el dolor, más allá de nuestras posibilidades. A veces pensamos que todo se soluciona con la ciencia o la técnica, que la felicidad de los hermanos se va a lograr con la economía o la sociedad del bien-estar. Se nos olvida, y es preocupante, que todos tenemos otra dimensión, otra realidad. Que todos tenemos una dimensión espiritual que, a veces no se cuida debidamente. “Nos hiciste para ti y nuestra alma no descansa hasta encontrarte a ti”.

 

 La espada, apuntando a su corazón, como se lo había anticipado el anciano Simeón en el momento de la presentación en el templo, expresa el dolor que siente ante el brutal tormento que sufre su hijo. Que nosotros no seamos insensibles, Virgen de la Vera-Cruz, ante el dolor de nuestro mundo. Que la vida, como dice la canción, no nos sea indiferente. Porque esa es una trampa que nos tiende nuestra sociedad, la trampa de la indiferencia, vestida muchas veces de un respeto que es más bien hipocresía. Desde 1623 lleva en esta postura para expresar acogida y dolor. Los brazos abiertos pretenden ofrecer su regazo como refugio seguro para sus hijos. La espada en la mano como testimonio de sus sufrimientos por el dolor de sus hijos.

 

Cofrades de la Vera-Cruz, acudid a esta novena con el deseo de descargar los dolores de su corazón de madre, refugiaros en su regazo, puerto seguro ante las tormentas de la vida, y aprender de ella a estar junto a los que sufren.

 

Y culminado el recorrido cuaresmal esta Iglesia Penitencial, que guarda bajo sus bóvedas un lignun crucis, un fragmento de la verdadera cruz de Cristo, cierra sus puertas para preparar los pasos que durante los días de Semana Santa van a procesionar por las calles de nuestra ciudad. Son manifestación de la religiosidad popular y, como no podía ser de otra manera, testimonio de la fe profunda de unos hombres y mujeres que cada año se afanan por vivir la Pascua del Señor. Son también, para todos, cultura recibida de nuestros mayores.

 

Hemos de tener cuidado con los reconocimientos, muchas veces buscados ansiosamente por las cofradías, y que hacen alusión a procesiones o Semanas Santas declaradas “Bien de interés cultural”. Si no vamos con cuidado podemos estar contribuyendo a que nuestras calles se conviertan en una gran sala de exposiciones gratuita, y perdamos el interés de nuestros mayores por convertirlas en templo, en celebración de la fe al aire libre.

 

Y llega el Domingo de Ramos, y los cofrades son convocados a salir a la procesión acompañando de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén. Obra antigua en papelón de Francisco Giralte hacia 1550. Y hay que venir vestidos en toda regla, con hábito completo, sin capirote, con muceta y guante blanco. Y nunca mejor dicho, los cofrades deben ir de punta en blanco porque es la procesión de los niños. Toda una chiquillería, muchos de las secciones infantiles de las otras cofradías, acompañan a Jesús. Toda una gozada, al recogerse la procesión, recorrer la calle Platerías en dirección al templo entre un hormiguero de niños, que, a semejanza de los que antaño alfombraban el camino con sus mantos, tejen una alfombra multicolor con sus diversos hábitos, mientras baten sus palmas en honor de Jesús que llega a Jerusalén para celebrar la Pascua.

 

La religiosidad popular denomina a esta procesión como “de la borriquilla” y yo que, desde que llegué a la parroquia de San Miguel, acostumbro a participar en ella, a veces escucho con dolor a personas mayores que, con sus pequeños en brazos, les animan a saludar a la borriquilla, que no a Jesús.

 

Algo tiene esta procesión, también en la meteorología, porque, que yo recuerde, solamente nos ha llovido un año, y ya cuando estábamos a punto de enfilar la calle Platerías. El resto de los años el sol se pone sus mejore rayos para favorecer una presencia multitudinaria de familias, que acompañan con orgullo a su pequeños que participan palma en mano, algunos de ellos por primera vez, en esta procesión.

 

Y desde el Domingo de Ramos ya es un sin parar en la cofradía porque cuando no hay que acudir con representaciones a otras procesiones, hay que acoger a cofradías que llegan, o participar en procesiones compartidas cubriendo alguna estación o algún misterio. Y da lo mismo la tarde que la noche, porque ya saben los hermanos cofrades que en estos días se duerme poco.

 

Y por fin llega el Jueves Santo y a las 4:30 de la tarde, un poco pronto para lo que es habitual entre nosotros, los hermanos cofrades están invitados a participar en la Cena del Señor. Los nuevos apóstoles que, sentados a la mesa con Jesús, van a participar en los dos misterios más profundos de esta tarde. El lavatorio de los pies, como signo de amor y servicio, y la institución de la Eucaristía como alimento indispensable para el camino de la vida del creyente. Y es que Eucaristía y compromiso con la caridad, con ese lavar los pies y servir, desde el primer momento han ido de la mano. No se puede separar, como hoy pretenden algunos, la Misa y la misión.

 

Cada vez que contemplamos la representación pictórica de este acontecimiento todos sentimos una sana envidia de la posición y situación de Juan, el discípulo amado. Cerca del Señor, con la posibilidad de descansar su cabeza sobre el hombro de Jesús. Así deben estar los cofrades de esta Santa Vera-Cruz cada domingo, en esta iglesia o en su parroquia de referencia,  junto al altar viviendo la Eucaristía y entendiendo que, en este banquete van a encontrar fuerzas para acometer una presencia testimonial y evangelizadora en el mundo.

 

Y fuerza y brazos y cofrades en abundancia hacen mucha falta, cuando llegan las 11:30 de la noche del día de Jueves Santo, para emprender la posesión de Regla de la cofradía. Y uno tras otro van saliendo los pasos que componen la procesión, acompañados y alumbrados por la fe de sus cofrades para hacer el recorrido procesional, muchas veces en medio de una noche gélida, que hace resonar de forma especial las bandas de cornetas y tambores. Toda una catequesis sobre los acontecimientos centrales de estos días. Qué lujo de imágenes para despertar en los corazones de los viandantes sentimientos piadosos. Y los cofrades desde las ventanas de sus capuchones contemplan como se santiguan unos, como musitan oraciones otros, como muchos miran incrédulos ante la belleza y el realismo de los pasos.

 

Quien se encuentra a esas horas por las calles de Valladolid, se ve sorprendido por una serie de marchas procesionales, que parece que dialogan en la distancia unas con otras, y comentan que las calles de la ciudad son un templo abierto en el que se recuerdan los acontecimientos del prendimiento y ese ir y venir de casa de Anás a Caifás y de allí al pretorio, a presencia de Pilato.

 

Es una forma de escenificar que el Señor no está solo en esos momentos, que los cofrades están a su lado y quieren, con sus músicas, rezos y velas suavizar su agonía.

 

Y después de una noche corta, amanece un día largo e intenso. El Viernes Santo. La cruz en el centro de nuestras celebraciones, expuesta ante la mirada de todos. La cruz que, en esta pequeña iglesia de la calle Platerías, tiene una resonancia especial porque contiene un “lignun crucis”, la cruz que conserva un pequeño fragmento de la cruz que llevó Nuestro Señor Jesucristo y eso, para nosotros los cristianos tiene un sentido muy especial.

 

A veces os he confesado que siento envidia de Liebana y Caravaca, porque ellos han sabido crear una espiritualidad que arranca de la cruz, congrega a los creyentes y es cauce de transmisión de la fe. Por eso siempre que he tenido oportunidad, con todo el respeto, pero con toda claridad, os he invitado a no perder vuestra identidad. Sois cofrades de la cruz, de la cruz de Cristo, en la que nosotros estamos crucificados para el mundo.

 

Tengo la sensación que hemos salido perdiendo en el cambio. Estamos alejándonos de la cruz de Cristo, y estamos cargando sobre los hombros de nuestra sociedad cruces imposibles de llevar, cruces que nos derriban y aplastan. “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera” dijo Jesús, y no nos lo creemos, Señor.   Y nos parece que seguirte a ti es una pérdida, es un nadar contra corriente en esta sociedad, es ser tradicional, o anticuado o carca. Y queremos ser tan modernos, estar tan a la última que al final nos quedamos sin espiritualidad, nos sentimos vacios, perdemos nuestra identidad y nos preguntamos si merece la pena todo esto.

 

“Venid a mi cuando estéis cansados”, dice el Señor. Vayamos todos en masa, a la celebración de los Oficios del Viernes Santo, pero no a adorar la cruz, no a besar la cruz. Vayamos a dejar nuestra cruz en la cruz de Cristo, a unir nuestra cruz con la suya, a encontrar sentido al esfuerzo, al dolor,  y al sufrimiento. Porque sólo quien sabe que lo que hace merece la pena, es capaz de amor y sacrificio.

 

Y llega la tarde del Sábado Santo. El templo se queda pequeño para tantos como quieren participar, a las 7 de la tarde, en el ofrecimiento de los dolores a la Santísima Virgen Dolorosa de la Vera-Cruz. Es emocionante el empeño por convertir el dolor en algo bello. Por eso se traen flores. Muchas flores. Y con cada una de ellas esos dolores recogidos en la calle, en los hospitales, en las residencias de mayores. Y que se ofrecen a María porque ella entiende mucho de dolor y de sufrimiento, porque ella, como madre, sabe acoger a sus hijos doloridos por los golpes que da la vida.

 

Es una casualidad que hoy, 10 de febrero, haga justo un año que nuestro Cardenal-Arzobispo D. Ricardo firmara el decreto de coronación canónica para el año 2023. Lo que no es una casualidad es que la cofradía lo haya pedido y esté dando los pasos para conseguirlo. Es una prueba de amor, es un reconocimiento a aquella mujer que, siendo una joven, tuvo la entereza, la valentía de decirle al arcángel “Hágase en mí según tu palabra”.

 

Que también en nosotros, Señor, se haga tu palabra. Palabra que es vida, que es luz, que es resurrección. ¡Ojalá! a las 11 de la noche los bancos fueran insuficientes para dar cabida a tantos cofrades que quieren venir a cantar aleluya, a participar en la luz del resucitado, a resucitar con Él. A salir a la calle diciendo que la vida triunfa sobre la muerte, la luz sobre las tinieblas, el bien sobre el mal.

 

Y por eso se comprometen con la justicia, actúan pacíficamente sin perder los nervios, ayudan sin esperar nada a cambio y como pregoneros del reino, dicen por las esquinas que son felices porque tienen fe, que son felices porque llevan en su corazón la alegría del Evangelio,