I Pregón Vera Cruz por D. Javier Burrieza Sánchez

 

PREGÓN DE CUARESMA Y SEMANA SANTA

 

Cofradía Penitencial Santa Vera Cruz

 

Javier Burrieza Sánchez

 

Universidad de Valladolid y Cofrade

 

            Si tuviese que elegir una ventana para contemplar Valladolid, no tendría ninguna duda. Esa sería la vista de la calle Platerías desde la plaza del Ochavo, teniendo como telón de fondo la iglesia de la Cruz. Quizás sea éste uno de los primeros recuerdos de mi existencia. No es solamente, una cuestión de devoción, que es lo que nos congrega a todos aquí hoy. Platerías y la Vera Cruz tienen un profundo sentido familiar, son un permanente recuerdo hacia lo que significa la familia, mis padres, mis abuelos. Éstos últimos vivían en la esquina de Platerías con la antigua de Cantarranas, encima de aquel comercio de muebles Aparicio, que era la familia de mi abuela. En realidad, en estos contornos había muchas tiendas de muebles, como en siglos pasados se ubicaban los obradores de los plateros. Los coches, en mi infancia, aparcaban a un lado u otro de la acera de la calle, dependiendo de las quincenas y en el medio de la misma, se abría una confitería de sabor y de sabores. Las imágenes del Sagrado Corazón o de la Virgen del Carmen formaban escaparate en la Amuebladora Castellana mientras que Ordoñez cortaba el pelo a generación tras generación.

 

 

Desde los años veinte, el abuelo Joaquín Burrieza había entrado en la cofradía decana de las penitenciales de Valladolid. Quizás todo había empezado cuando Pedro Segura fue nombrado obispo auxiliar de esta diócesis y un grupo de jóvenes se agruparon en torno a él, mientras algunos vallisoletanos querían que se convirtiese en el sucesor del cardenal Cos, frente a la candidatura de Gandásegui. Mi abuelo era uno de los seguristas de la Asociación del Cristo de Limpias, establecida en este templo. Por aquellos años, y hasta hace bien poco, permanecía colgado en la sacristía de esta iglesia un retrato del obispo Segura, después convertido en cardenal, como muestra de agradecimiento de la cofradía a su protección. Fueron años difíciles, aquellos de los primeros veinte. El abuelo se plegó a la nueva autoridad eclesiástica, al arzobispo Gandásegui y comenzó su andadura junto a la Vera Cruz. Más difíciles fueron los días de la República y sabemos, por la documentación, que en plena guerra civil, 1938, cuando los cofrades apenas superaban los ciento ochenta, el abuelo Joaquín ya era secretario de la cofradía, y después secretario perpetuo hasta casi el final de su vida. Él hizo a casi toda la familia cofrades y así se ha ido transmitiendo hasta la actualidad, en cuatro generaciones distintas. Incluso, delante de este altar, y de nuestra Virgen, mis padres contrajeron matrimonio un 12 de octubre de 1957. Por eso, deben perdonarme estas confidencias personales en un pregón pero este lugar es mucho más que un templo y una cofradía, sino un espacio recóndito de nuestro corazón colectivo como familia.

Y así abriendo mi corazón, recuerdo tantas cosas: aquella palma rizada que me esperaba cada mañana del Domingo de Ramos en el cuarto de los abuelos para que saliese con ella al balcón de la calle Platerías: ni Pinheiro da Veiga en el XVII o Ventura Pérez en el XVIII lo tuvieron mejor. Todos recordamos cómo el arzobispo José Delicado nos preguntaba si queríamos a Jesús desde el balcón de la iglesia, el más parecido que existe en Valladolid a la logia vaticana… allí donde los prelados de esta diócesis tienen que alcanzar un subidón de adrenalina pastoral cada mediodía del Domingo de Ramos… yo, en otro balcón de Platerías, más lateral por supuesto, aprendí a tener mis subidones de adrenalina semanasantera. Por eso, ser cofrade de la Vera Cruz, acompañar a mi hijo en la misma procesión que lo hizo mi padre o mi abuelo, me une con los sentimientos más íntimos de mi persona. Gracias por invitarme a realizar este pregón de Cuaresma, de Semana Santa desde un viernes de Carnaval. No podemos tardar más para anunciar que una de las formas de aproximarse a Dios, desde el Miércoles de Ceniza, es entrar en esta iglesia, en los momentos más solitarios pero también en los más públicos.

1º Cartel. Besapié del Atado a la Columna. Cuarenta días comienzan de preparación, ayunos, abstinencias, pero sobre todo reflexión y meditación, como se decía antiguamente, de los “Misterios de nuestra Santa Fe”. Gregorio Fernández entregó a nuestros mayores las joyas en madera para poder hacer carne la palabra de amor del Evangelio. Cumbre de todo ello es el “Señor atado a la columna”, cuyo besapié se va a celebrar el propio Miércoles de Ceniza. Él, como custodia que presenta el Cuerpo sufriente y doliente de Cristo, se sitúa en esta jornada en el centro del presbiterio de esta iglesia coqueta y entrañable. Era el Dios sufriente que gustaba de contemplar a Teresa de Jesús, el Dios llagado que se había hecho en todo como nosotros, salvo en el pecado… en algo más diría yo con permiso de los doctores de la Iglesia: nadie como Él ha tenido tanta capacidad de AMAR con mayúsculas. Y eso lo sabía Gregorio Fernández… la llamada a la conversión, conviértete y cree en el Evangelio, la experimentará nuestra alma en profundidad cuando, después de derramarnos en humildad ante su pie ensangrentado, nos sentemos delante para contemplar… su mirada, él la podrá sostener, nosotros no… Miércoles de Ceniza, conviértete y cree en el Evangelio, ante la mirada del Señor atado a la columna.

2º Cartel. Triduo al Humilladero. Cuando quieras hacer penitencia, no salgas tocando la trompeta como los hipócritas… lo proclamaba el Evangelio, no para anular las bandas de trompetas y tambores de nuestras procesiones, sino para dejar nuestros pequeños sacrificios, entre Dios y cada uno de nosotros... en secreto. Esa llamada a la penitencia siempre me la recuerda el Cristo del Humilladero, de ese Humilladero del Campo Grande tan histórico que nos empieza a poner una fecha de nacimiento a nuestra cofradía, antes de 1498, en el último cuarto del siglo XV. Este Triduo en Honor al Santo Cristo del Humilladero, en los primeros días de Cuaresma, no es al Crucificado de aquella ermita sino a éste que se portaba hasta allí, quemadero por otra parte de la Inquisición, en días de rogativas por tantas cosas, por tantas precariedades, por tantas inseguridades… “acude con tu medalla a honrar y recordar nuestros orígenes”.

3º Cartel. Misas Cuaresmales. Hablábamos antes de las Meditaciones de los Misterios de nuestra Fe. Los cofrades de la Vera Cruz lo pueden hacer con sus pasos, en su templo, moviéndose entre sus recoletas capillas. Son las misas cuaresmales del mes de marzo, poniéndose énfasis como preparación a la procesión, en la Oración del Huerto, el Señor Atado a la Columna, la Coronación de Espinas y el Descendimiento, tallados de la mano del maestro Fernández o de Andrés de Solanes, acompañados de los discípulos que deseaban triunfar con la madera de la Escuela Castellana.

4º Cartel. Triduo a la Oración del Huerto. Esperando la llegada del Ángel, Cristo reza sólo pero esperando no caer en la tentación, en la desesperación. Su triduo se celebrará en los primeros días de marzo y los devotos contemplarán el dolor de su mirada y de su rostro. Los gestos cobran otra fuerza en la iglesia, con un pequeño giro en las posiciones de las imágenes. El diálogo ya no es entre Cristo y el Ángel, las palabras están dirigidas a nosotros que le contemplamos… nos sentimos acompañados por el ángel, en el huerto de nuestra vida, cuando muchos duermen. “Alma: parece que se desmorona —escribía José María Pemán—, / la torre aquella de tan fuerte altura, / pues tal es su congoja y su tristura / que ya la Muerte de vencer blasona”.

5º Cartel. Misa Cuaresmal de la Borriquilla. Pero también será de gran belleza la Misa Cuaresmal para los niños cofrades de todas las hermandades, invitándose desde esta casa madre a todas las secciones infantiles. Se pueden imaginar que ellos mirarán a la Borriquilla, como lo hacen muchas veces a lo largo del año cuando piden a sus padres entrar en la iglesia, sólo para ver a Jesús…, montado en el Borrico… ¿Queréis a Jesús?, preguntaba el recordado Delicado Baeza.

6º Cartel. Novena a la Virgen de los Dolores. La novena de la Dolorosa de la Vera Cruz es uno de los tiempos de oración y de celebración litúrgica más tradicionales y antiguos de la Cuaresma vallisoletana. Será el momento de reencuentro de muchos cofrades con su devoción principal, con la madre que siempre espera y nada exige. Isidoro Bosarte hablaba de la belleza de su rostro, de María dolorida esperando la llegada del cuerpo muerto de su hijo desde la cruz. Desde su trono de los espejos, ella recuerda las palabras del anciano Simeón, pronunciadas cuando llevaba lo mejor de su vida en sus manos, cuando lo conducía a presentarlo ante el Señor en el Templo. Quizás a los niños se les debe explicar por qué la Virgen se hunde una espada en su corazón. Sin embargo, su rostro lo aclara todo… si de manos de los ángeles no cabe más que esperar… Sus cofrades la saludarán con la Salve… Dios te salve, Reina y Madre, y qué mejor hacerlo en este año, en la víspera de San José, día en que comenzará la novena de la Dolorosa de la Vera Cruz. Y aquel primer dolor estará relacionado con San José, al que la madre Teresa de Jesús le llamaba “el ayo del Señor”. José escuchó también la profecía de Simeón y ambos, como esposo y esposa que se amaban, estarían plagados de preguntas y de confianzas. Todo un modelo para los matrimonios de hoy.

Un predicador de campanillas, antes y ahora, se subía al púlpito y al ambón de esta iglesia para cantar las misericordias de la Dolorosa: la mencionada Presentación del Niño Jesús en el Templo, la Huida a Egipto, la pérdida de Jesús en Jerusalén a los doce años, el encuentro de María con su hijo cargado con la cruz en la calle de la Amargura, la agonía y muerte de Cristo, el descendimiento de la Cruz y la sepultura del Señor con la soledad de la Virgen… la mirada de María siempre presente en mi casa, su rostro, sus manos abiertas, su corazón palpitante, su corona llena de resplandores.

Recuerdo cuando los cofrades decidieron recuperar su esplendor original y fue restaurada por la mano de Mariano Nieto y tras su ausencia la fuimos a buscar a la iglesia de San Miguel para traerla en procesión hasta su casa. Era un mes de febrero como éste que vivimos, pero del año 1986. En una parte del trayecto, mi padre la llevó sobre sus hombros, mientras la abuela se asomaba al balcón de la calle Platerías para ver el nuevo aspecto de su Virgen. Desde aquel balcón, me decía ella, cada tarde del Viernes Santo se veían los mejores pasos de la procesión general… los que pasaban por las calles de Platerías y Cantarranas para incorporarse al recorrido oficial.

Pero volvamos esos tiempos de la Novena, que son de reflexión profunda acerca del sufrimiento y de la valentía de la Virgen María. La admiración hacia la mujer sencilla que dice sí, sin saber lo que se va a encontrar al otro lado de los misterios de Dios. A la Novena de la Vera Cruz iba de la mano de mi padre y por el camino desde el paseo Zorrilla hasta la calle Platerías, él rememoraba escenas de su Semana Santa de la guerra civil, cuando tenía diez años y las procesiones habían vuelto a las calles, con ese acento bélico tras la II República. En la iglesia, y hablamos de los primeros años ochenta, todavía se mantenía la costumbre de la separación entre hombres y mujeres y delante, en unos bancos y reclinatorios especiales con la cruz y los cipreses, se situaban los cofrades, algunos de ellos con venerables canas, auténticos santones de lo que había significado la vida de la cofradía en los años cuarenta, cincuenta o sesenta: Isidro Calvo, Clemente Sanz que confeccionaba con su saber estar los hábitos de la cofradía, Luis Morchón —todavía entre nosotros con más de cien años— o Ramiro Merino, además de Gabriel Casado o Ángel Iglesias Sousa que era el secretario de la cofradía cuando me incorporé a ella y que entre los dos —Gabriel y Ángel—, uno dibujando y de alcalde-presidente y otro firmando, confeccionaban unos elegantes pergaminos de bienvenida, que todavía conservamos.

7º Besapie a la Virgen (Misa de los Ingleses). Y el último día de la Novena, mi padre me anunció que bajaban a la Virgen y que al día siguiente la íbamos a poder ver desde muy cerca, besarla su pie negro, su zapato —que no zapatona— y la contemplaríamos en la belleza que ya nos anunció Isidoro Bosarte: “de manos de los hombres no cabe más que esperar”. Se ha dicho secularmente que el mundo católico presta especial atención a las imágenes divinas y se olvida, en sus sectores más populares, de esa presencia real de Cristo en la Eucaristía. No obstante, esa afirmación en Valladolid es matizable. Es tan real, tan cercana esa imagen de Dios que, en la madera, los castellanos conseguimos acariciarlo aunque solamente sea por la peana. Tan reales como los nuevos cofrades que llaman a la puerta de esta iglesia, deseando ser cofrades de la Vera Cruz… no me canso de decirlo, “antes faltará la luz que cofrades en la Cruz”.

Viernes de Dolores, como popularmente se le conoce y no Viernes de la Quinta Semana de Cuaresma, que no le dice nada al pueblo fiel, con permiso de los doctores de la Santa Madre Iglesia. Por la mañana, en una tradición que he conocido desde siempre, la Eucaristía es oficiada por el Rector del Real Colegio de Ingleses, acompañado por sus compañeros en la formación de los seminaristas que han pasado año tras año, para convertirse en sacerdotes que prediquen la buena noticia, el Evangelio, en Inglaterra y País de Gales. Antes habrían dicho, para restaurar la obediencia de Inglaterra a Roma, pero las cosas han cambiado y donde antes había herejías ahora hay hermanos separados, ecumenismo, o simplemente hermanos. Quizás, a través de esta Misa, me enteré yo que existía un Real Colegio de Ingleses, cuya historia se ha convertido en uno de los protagonistas de mis investigaciones…

El resto del día es un ir y venir de gentes, como ocurrió el Miércoles de Ceniza, quizás en esta jornada con mayor afluencia porque cuenta con una trayectoria mucho más prolongada y porque para los católicos, la madre es la madre. Casi somos tan marianos como cristianos, pero Dios que —como dijo Juan Pablo I es padre y madre a la vez— los entiende perfectamente.

Ya está todo preparado y pregonado. El que no sabe que la Semana Santa ha llegado es porque no ha querido escucharlo. Es la fe que se comparte y se transmite. De esa fe que se recupera cuando está un tanto olvidada. Esa fe que se construye cada día. Y ese día, cuando te acercas a la iglesia de la Vera Cruz desde la calle Platerías, contemplas otra vista realmente entrañable. Las puertas del templo están abiertas de par en par y su retablo se descubre en su oro de la madera, iluminando la calle toda…¡Señora de las Platerías! El Viernes de Dolores, la Vera Cruz es todavía más pórtico de la Semana Santa.

8º Cartel. Procesión de las Palmas.Gloria, alabanza y honor, gritad Hosanna y haceos como los niños hebreos, al paso del redentor; gloria, alabanza y honor al que viene en el nombre del Señor”. Siempre la misma letra, desde la infancia, pero siempre distinta. Es la mañana alegre por antonomasia, casi me atrevería con toques de herejía, que más que la de Pascua porque comienza la Semana Santa que tanto nos entusiasma. Es la alegría de sentirse querido por los tuyos que te han llevado a ver a Jesús, que viene montado en un pollino. “Siento a Dios cabalgando por mis venas”. Es nuestra Borriquilla. Un Jesús tierno dispuesto a bajarse a abrazar a cada uno de los niños que lo reciben. Y es que en la calle de Platerías, todos los días son un poco Domingo de Ramos en el recuerdo. Los cofrades por la mañana lucirán sus hábitos llenos de luminosidad, para cargarse de penitencia ya por la tarde. La procesión de la mañana es histórica, desde hace siglos los cofrades de la decana de las penitenciales, alumbraban el antiguo paso de los Ramos desde el desaparecido convento de San Francisco hasta la iglesia que fueron construyendo desde finales del siglo XVI, sobre sus hombros, ayer y hoy. “Como Jerusalén con su traje festivo, vestida de palmeras, coronada de olivos, viene la cristiandad, en son de romería, a inaugurar su pascua, con himnos de alegría”.

Una procesión que le causó auténtica fascinación, la primera vez que la contempló en la Semana Santa de 2011, a nuestro arzobispo Ricardo, ya cardenal Blázquez. Él lo plasmaba de esta manera en uno de sus últimos libros: “la procesión del Domingo de Ramos en nuestra ciudad es realmente espléndida. A este esplendor contribuyen el sol radiante, la temperatura agradable, y sobre todo la multitud de niños que con ramos y palmas, batiéndolos al paso de la imagen procesional, cubren el trayecto desde la catedral hasta la iglesia de la Vera Cruz. La luz, el color, la música y los cantos; la participación respetuosa y bien compuesta; la ordenada marcha de los niños; la atención de todos, tanto de los que caminan por las calles como de los que contemplan la procesión desde las aceras; todo converge en una procesión bella y religiosa. Aseguro que la imagen de la calle Platerías desde el balcón de la iglesia de la Vera Cruz es excelente e inolvidable”.

Le recordó, a este cardenal profesor que tenemos la suerte de tener en Valladolid como pastor, a aquella procesión que narró la monja Egeria en el Jerusalén del siglo IV. Y esta mujer viajera de tiempos remotos lo hace de esta manera, convirtiéndose sus palabras escritas en un auténtico pregón desde los primeros siglos del cristianismo: “Cuando empieza la hora undécima (las cinco de la tarde), se lee el texto del evangelio donde los niños, con ramos y palmas, salieron al encuentro del Señor diciendo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Y al punto se levanta el obispo y todo el pueblo; desde lo más alto del monte Olivete se va a pie todo el camino. Todo el pueblo va delante de él cantando himnos y antífonas, respondiendo siempre: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Y todos los niños de aquellos lugares, aun los que no puede ir a pie, por ser tiernos y los llevan sus padres al cuello, todos llevan ramos, unos de palmas, otros de olivos; y así es llevado el obispo en la misma forma que entonces fue llevado el Señor. Desde lo alto del monte hasta la ciudad, y desde aquí a la Anástasis por toda la ciudad, todos hacen todo el camino a pie (…) se va poco a poco, para que no se canse el pueblo, y así se llega a la Anástasis ya tarde”. Nosotros, bajando las escaleras de la vieja casa de la calle Platerías, cantábamos pequeñas variaciones del canto original, “Gloria al Hijo de David, que ha comido regaliz”… la infancia… aquel Domingo de Ramos fue algo singular para este vallisoletano que les habla.

9º Cartel. Lunes Santo. Procesión del Rosario. La cofradía ya no se detiene. Por la tarde de aquella intensa jornada de Ramos, abrirá las puertas de su iglesia para que los vallisoletanos y los visitantes puedan ver de cerca los preparativos de los grandes pasos: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he ofendido? Respóndeme…”, son palabras que parecen estar encarnadas en los labios de los Cristos vivos, atormentados, presentados al pueblo. Y fue en los años cincuenta, cuando se dispuso una procesión que ha calado entre los vallisoletanos, aunque haya tenido tantos cambios de recorrido: la del Lunes Santo del Rosario del Dolor. No es una procesión de Regla de ninguna cofradía, sino una manifestación participativa para el rezo de los misterios dolorosos, ilustrados no por faroles, sino por los artísticos e inigualables pasos. Y desde mi balcón de la calle Platerías, contemplaba admirado, con mis ojos infantiles, cómo de las capillas de la iglesia de la Cruz salían sin parar santos de palo, a cada cual más bellos y cómo al mismo tiempo, otros se incorporaban por las calles adyacentes de Guadamacileros, Cantarranas o Platerías, dependiendo del rumbo del cortejo. ¿Habéis probado queridos hermanos cofrades, con vuestros veinte, cuarenta, sesenta, noventa años, volver a contemplar las procesiones de nuestra Semana Santa con los ojos enamorados, admirados, entusiasmados e inocentes de vuestra infancia… como si fueseis los niños hebreos de las canciones, los himnos y los salmos?... Hacedlo en esta procesión del Lunes Santo, que es la historia de una madre que sufre.

10º Cartel. Acto Cesión del Atado. El Valladolid procesional volverá a llenar Platerías en los días siguientes. Y aquellos antiguos jóvenes “luises y kostkas” volverán a solicitar la cesión del “Señor atado a la columna”, con solemnidad y, al mismo tiempo, con cariño, para poder alumbrarlo en procesión en la noche de la Promesa. Antes de partir, saldrá la Dolorosa a despedirlo, a la puerta y todos la saludarán como el ángel Gabriel. Esa misma noche, cuando lleguen al barrio de la Pilarica, renovarán su promesa anual de guardar silencio durante la procesión general del Viernes Santo y durante el resto de actos de penitencia en los que habrían de participar. Silencio, ante el Señor del Silencio, ante el gesto callado y humilde.

Ese Vía Crucis procesional e itinerante no podía dejar de pasar por ese tramo de la calle de la Amargura que es ésta de Platerías. Los Evangelios no cuentan la presencia de la madre camino del Calvario. Sin embargo, la devoción popular, la piedad, las gentes, siempre han encontrado a María con el Hijo. Para ello, solamente les bastaba el convencimiento de la propia vida, que una madre nunca puede abandonar a quien ha nacido de sus entrañas. Y desde ese sentimiento se entiende el protagonismo de María en la Pasión de Cristo, su protagonismo en la forma nuestra de contar el modo en cómo ocurrieron las cosas. Ella, presurosa, firme en el exterior, derrumbada en su alma, será una vez más la Madre al final de la calle Platerías. María, convertida en cirineo de la mirada, según plasmó en sus versos Gerardo Diego, en aquellos que se oyen mientras el Nazareno de Valladolid se acerca a la portada, al atrio de la Vera Cruz. “se ha abierto paso en las filas / una doliente Mujer / Tu madre te quiere ver / retratado en sus pupilas / Lento, tu mirar destilas / y le hablas y la consuelas. / ¡Cómo se rasgan las telas / de ese doble corazón! / ¡Quién medirá la pasión / de esas dos almas gemelas! / ¿Cuándo en el mundo se ha visto / tal escena de agonía? / Cristo llora por María. / María llora por Cristo. / ¿Y yo, firme, lo resisto? / ¿Mi alma ha de quedar ajena? / Nazareno, Nazarena, / dadme siquiera un poco / de esa doble pena loca, / que quiero penar mi pena”. Un Vía Crucis que nació en esta penitencial con la mencionada Asociación del Cristo de Limpias, encontrando siempre en este pórtico la cuarta de sus estaciones. Incluso, cuando la climatología caprichosa de la primavera ha tornado el azul del cielo de repente en nubes y lluvia, la imagen de Nuestro Padre Jesús ha podido refugiarse en este templo, en la casa de su madre.

Horas más tarde, la cofradía de Jesús Resucitado, María Santísima de la Alegría y las Lágrimas de San Pedro, en la procesión del Arrepentimiento, se detendrá ante esta penitencial y Dolorosa de la Vera Cruz para meditar sobre la primera de las tres negaciones del apóstol cercano a Cristo, aquel Pedro que era piedra pero que se disolvió, como nuestras almas de pecadores, ante el miedo, el testimonio, la prisión, el temor… “Pedro te negó tres veces: mil veces yo te negué. / Si Pedro lloró su culpa, mi culpa yo lloraré […] Te he negado, Señor, y fui cobarde, / porque no quise dar por Ti la cara. / Tuve miedo y fingí no conocerte, / y al pasar Tú a mi lado, yo te he dado la espalda. / Hoy quisiera llorar igual que Pedro, / porque no quise dar por Ti la cara”.

Pero este Miércoles Santo, que se ha convertido en una jornada intensa, profundamente interior, de oración en torno a Cristo sufriente hacia el Calvario, todavía ha de alcanzar una última estación ante la Vera Cruz, con el “Santísimo Cristo del Consuelo”, otra joya de Gregorio Fernández salida de sus manos en los primeros años de su actividad en Valladolid.  En su lento caminar, porta desde su martirio, las oraciones, las peticiones, las palabras agradecidas de tantos fieles que se acercan a él a lo largo de todo el año, en la antigua capilla del licenciado Butrón en el monasterio de San Benito… le han alumbrado con sus velas, han pasado sus manos por sus pies como el que acaricia al enamorado o enamorada que necesitamos para vivir… es pues el Vía Crucis de la Peregrinación del Consuelo más íntimo y recoleto que el multitudinario de la tarde… por los silencios de aquellas calles donde gusta ver las procesiones, donde el dolor de Cristo se hace atronador. Enamorado, enamorada, Hijo y Madre, Jesús y María.

11º Cartel. Oficios del Jueves y Viernes Santo. Liturgia en la calle, como prolongación de la Liturgia de la iglesia, en las grandes celebraciones que celebra la cofradía, la “Misa de la Cena del Señor”, que culminará con el traslado del Santísimo Sacramento hasta el monumento que se instalará junto al retablo del Ecce Homo, desnudo y abandonado. Como aquí, ocurrirá en todas las iglesias parroquiales y conventuales de la ciudad, convirtiéndose este templo en estación ante la oración y contemplación de Jesús Sacramentado… momento en que mostramos nuestros mejores tesoros para rodear el cuerpo de Cristo. Y junto a estos Monumentos, los pasos procesionales, rodeados por la expectación del público-fiel. Y así ocurrirá en toda la noche y hasta el día siguiente, a lo largo de la mañana del Sermón de las Siete Palabras, hasta llegar a la liturgia de la Pasión, a la adoración de la Cruz, junto a la Cruz verdadera: “Tu cruz adoramos Señor, y tu Santa Resurrección, alabamos y glorificamos, por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

12º Cartel. Procesión de Regla. En la noche anterior, la procesión de Regla será la Pasión de Valladolid según los cofrades de la Vera Cruz. Un despliegue de arte, de devoción, de historia, de oración, de penitencia, de los que nos han precedido. Resulta emocionante la concentración de gentes en los minutos previos a las once y media de la noche, en el corro de la encrucijada de las calles, allí donde muchos hemos aprendido a contemplar procesiones de Semana Santa. Otro de los grandes momentos de la noche del Jueves de la Cena, cuando estos hermanos salgan a la calle con todos sus pasos, con un patrimonio inigualable donde domina Gregorio Fernández. La cruz guía refleja la vinculación histórica de la hermandad con la orden de San Francisco, pues en el crucero de la misma se contempla el abrazo entre San Francisco de Asís y el propio Jesús. Así viene ocurriendo desde hace siglos, sin que falte el Lignum Crucis, la reliquia atribuida al verdadero patíbulo de Cristo en el Gólgota. Buscarán todos sus cofrades de verde y negro, los espacios históricos de la cofradía, como aquella Acera de San Francisco. Los pasos, dispuestos frente a los soportales, harán brotar la oración musitada en recuerdo de los cofrades de otros tiempos, de los más inmediatos y de los remotos. Después serán las calles que abrazan la Iglesia catedralicia hasta volver por la ciudad de los soportales, la reconstruida tras el incendio de 1561, según las trazas modernas renacentistas, racionales de Francisco de Salamanca. Las esencias de Valladolid se unen. Discurrirá el cortejo hasta encontrarse de nuevo con la Platería. Allí el pueblo fiel, aquel que se mantiene más por fidelidad que por el espectáculo turístico, cantará Victoria, tu reinarás y la Salve Popular ante la Virgen, la obra delicada por donde se paseó genialmente la gubia.

Y tras el cortejo excepcional de la Procesión General del Viernes Santo, llegamos al luto de la noche, cuando la madre se ha recogido y sus hijos la han acompañado hasta la puerta de su casa, como no queriéndola dejar sola, no deseando perder su rostro, sus lágrimas discurriendo por su rostro delicado y sereno, destrozado y esperanzado, mirando a la cruz que es como mirar al cielo, sin atreverse de nuevo a pedir  explicaciones, después de haber doblado la esquina de su existencia.

13º Cartel. Ofrecimiento de los Dolores. No es solamente una jornada de “resaca espiritual” sino un tiempo de prolongación de lo vivido en las horas nocturnas del día anterior. El Sábado Santo tiene lugar en esta iglesia uno de los momentos más entrañables y desconocidos de la Semana Santa. Instituciones, cofradías, centros de atención a los necesitados y a los enfermos, acuden a la “casa de la madre” para  consolarla y proclamarla Reina del Dolor, ofreciéndola cientos de flores. El templo se queda pequeño, aunque en los inicios de este acto —en 1960— se realizaba a lo largo de  toda la calle Platerías. En torno a la Dolorosa, la palabra escrita de un autor literario, de un cristiano de bien y la palabra reflexionada del sacerdote, el cariñoso verbo del pastor de la diócesis, ponen voz a todo lo sucedido. “Señora, yo tengo aquí una carta —escribió María Teresa Yñigo de Toro— que no necesita de sello ni de andadura. Yo tengo aquí una carta en la que en el sobre sólo dice: “Señora de la Vera Cruz”. Y por eso sé que es para ti. Es una carta múltiple, firmada por cientos de personas […] Pero yo he dejado delante de ti, al aire de tu toca blanca, al aire de tu espada de plata, todo el dolor de un pueblo. Porque este pueblo, Señora, sabe que Tú le entenderás muy bien. Por la vieja calle de las Platerías hay como un rumor, como un susurro de oración y de súplica. Es la gente que pasa y dice: —Mirad y ved si hay dolor como su dolor—”.

14º Cartel. Vigilia Pascual. Pero hermanos cofrades, “Nosotros hemos de gloriarnos, / en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, / en Él está nuestra salvación, / vida y resurrección. / Él nos ha salvado y liberado”. Tan sólo resta, la liturgia más primitiva en las comunidades cristianas, la Vigilia Pascual”. Pero en esta cofradía, también la gloria, la fiesta de gloria, pasa por la cruz. Será el Triduo para adorar y alumbrar la razón de nuestra existencia de hermandad. El fragmento en rompecabezas de aquella cruz buscada por Santa Elena en el siglo IV, convertida en prodigio, campeada por el controvertido Constantino, emperador romano que sin enterarse, hizo realidad la afirmación de nuestra fe: “con este signo vencederemos”. Es la bella tradición de las reliquias en las que poco importa su trayectoria, sino más bien sus efectos en la fe de los que la tienen sin pedir explicaciones, sin meter el dedo en la llaga de la razón. Nuestros hermanos de los siglos XVII y XVIII se sentían privilegiados con esta pequeñísima astilla que viajó con la tradición. Ellos dieron lo mejor que tenían para recubrirla, para venerarla y mostrarla y nos regalaron el increíble relicario del Lignum Crucis, que sale victorioso por las calles el 3 de mayo, con el conocimiento de unos pocos y la ignorancia de muchos. Y volverá a conformar el más significativo altar ante el paso de Dios sacramentado en la mañana del Corpus Christi… el oro y la plata para servir de camino al Señor que no nos abandona y permanece siempre en nosotros y con nosotros “¡Portones abrid los dinteles, que se alcen las puertas eternas, va a entrar el Rey de la gloria, héroe valeroso y Dios de Israel”.

            POR ELLO, a la sombra de la Verdadera Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, con licencia de su Eminencia el cardenal-arzobispo de Valladolid, don Ricardo Blázquez Pérez, con la venia del señor corregidor de esta Muy Noble, Leal, Heroica y Laureada ciudad de Valladolid para ocupar las calles con manifestaciones de religiosidad que el pueblo, fiel a sus tradiciones, tiene por bien hacer, HAGO SABER por comisionado del alcalde-presidente de esta antiquísima y penitencial cofradía de la Santa Vera Cruz que, preparados los hermanos en sus almas con los ayunos, abstinencias, oraciones, penitencias, besapiés, misas cuaresmales, triduos y novena dedicada a Nuestra Madre la Virgen de los Dolores con la predicación del Reverendo Padre Jesús García Gañán, párroco de Serrada, La Seca y Rodilana, comenzará la conmemoración de la Sagrada Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo desde la mañana del Domingo de Ramos 29 de marzo, continuando con solemnes celebraciones litúrgicas que se desarrollarán en este templo penitencial, amén de las procesiones de Las Palmas, el Rosario del Dolor, la entrega de la talla del “Señor atado a la columna”, la IV estación en el Vía Crucis Procesional del Miércoles Santo, la propia de Regla de esta cofradía en la noche del Jueves de la Cena y la General de la Sagrada Pasión del Redentor; portando y alumbrando los hermanos los bellísimos pasos, encargados, tallados y entregados por el gran maestro Gregorio Fernández y su discípulo Andrés de Solanes, que en gloria se encuentren; además del Ofrecimiento de los Dolores a nuestra Madre Santísima por parte de la ciudad, y en su nombre, por el Excmo. Sr. D. Pablo Trillo-Figueroa, delegado de la Junta de Castilla y León en Valladolid. Solicito a los cofrades que tengan contritas sus conciencias; ataviadas sus túnicas, capas y capirotes; bien bruñidas las medallas que colgarán devotamente sobre su pecho; dispuesta la cera y encargada la música para alumbrar a esos sagrados titulares. Hagan pública esta buena nueva que les doy, guardándoles Dios muchos años.

            Y para que esto sea firme y estable, he proclamado esta carta con sello de cera colgado, en esta iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, en la Muy Noble, Leal, Heroica y Laureada Ciudad de Valladolid, ante las autoridades, alcaldes, cofrades, ciudadanos y pueblo fiel, a punto de concluir el segundo año del pontificado de Nuestro Santo Padre Francisco, obispo de Roma; en el primer año del reinado de nuestro muy noble y honrado, Don Felipe Sexto el Rey, a trece días andados del mes de febrero, dos mil quince años. VENERADA SEA LA CRUZ EN LA QUE NOS SALVÓ NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 

Desde aquí podéis acceder a la noticia del pregón con las fotos y el vídeo del mismo.