Ofrecimiento de los Dolores 2008

 OFRECIMIENTO DE LOS DOLORES 2008  

A CARGO DE:  

D. JOSÉ MIGUEL ORTEGA

Periodista y escritor

 

 

Corría el año del Señor de 1623, cuando Gregorio Fernández recibió el encargo de la cofradía penitencial de la Vera Cruz para realizar el paso del “Descendimiento”, que debería entregar a los alcaides de dicha cofradía, la más antigua de cuantas perviven en Valladolid, el día de Carnestolendas del año siguiente.

 

El insigne escultor cumplió el plazo porque en 1625 ya desfiló procesionalmente el Jueves Santo este imponente grupo compuesto por siete figuras, con un peso aproximado de tres toneladas y media. Podría decirse que en él hay cinco figu­rantes y dos protagonistas principales: el cuerpo yerto de Jesús, que es bajado de la cruz en brazos de Nicodemus y José de Arimatea, y la Virgen Dolorosa, para muchos la más hermosa obra de Gregorio Fernández, de cuyo rostro se ha dicho “que si los ángeles del Cielo no bajan a hacerlo más bello, de mano de hombres no hay más que esperar” 

 OFRECIMIENTO DE LOS DOLORES 2008

A CARGO DE:

D. JOSÉ MIGUEL ORTEGA

Periodista y escritor

 

 

Corría el año del Señor de 1623, cuando Gregorio Fernández recibió el encargo de la cofradía penitencial de la Vera Cruz para realizar el paso del “Descendimiento”, que debería entregar a los alcaides de dicha cofradía, la más antigua de cuantas perviven en Valladolid, el día de Carnestolendas del año siguiente.

 

El insigne escultor cumplió el plazo porque en 1625 ya desfiló procesionalmente el Jueves Santo este imponente grupo compuesto por siete figuras, con un peso aproximado de tres toneladas y media. Podría decirse que en él hay cinco figu­rantes y dos protagonistas principales: el cuerpo yerto de Jesús, que es bajado de la cruz en brazos de Nicodemus y José de Arimatea, y la Virgen Dolorosa, para muchos la más hermosa obra de Gregorio Fernández, de cuyo rostro se ha dicho “que si los ángeles del Cielo no bajan a hacerlo más bello, de mano de hombres no hay más que esperar”

 

Era tal la belleza de esa imagen y tanta la devoción suscitada entre el pueblo, que la cofradía tomó el acuerdo en 1757 de separarla del grupo escultórico, para que presidiera el retablo mayor de la iglesia y, sola en un paso, cerrase los desfiles procesionales. Poco antes de esa decisión, en 1741, este voluminoso conjunto fue protagonista de un luctuoso suceso, pues cuando los costaleros trataban de introducirlo en el templo, uno de ellos no pudo sujetarlo, cayó y fue aplastado contra una de las columnas de la puerta. Este lamentable suceso dio origen al sobrenombre del “Reventón”, con el que desde entonces es conocido en la jerga popular.

 

Tal vez fuera ese el primero de los dolores que Vos, Madre Dolorosa, pudisteis sufrir en este mismo escenario en el que nos encontramos. Por aquellos años Valladolid vivía la decadencia de las dos etapas en que fue Corte de España y había pasado de ser la ciudad del rey para convertirse en la ciudad de Dios, poblada de iglesias, conventos y monasterios, pero también invadida de picaros, mendigos y niños pordioseros y abandonados.

 

Ese, Señora, era un dolor lacerante que casi nadie remediaba pese a estar a la luz del día, como cada uno de los latigazos que vuestro Hijo sufrió antes del martirio de la Cruz. Aquella ciudad sufría entonces el cruel rigor con que el Tribunal de la Santa Inquisición interpretaba la Ley de Dios, encarcelando, flagelando o quemando vivos a presuntos herejes, hechiceros, judíos, mahometanos y fornicadores que muchas veces no eran sino víctimas de la delación y la envidia. Aquella ciudad del siglo XVII tenía una cofradía por cada 200 habitantes, que lo mismo desfilaban en las procesiones que acudían a los Autos de Fe a ver abrasarse a los infieles.

 

Aquella ciudad, Señora, había sufrido y sufriría después numerosas catástrofes, incendios, inundaciones, guerras, pestes y epidemias, dolores colectivos con los que venir a postrarse a vuestros pies y compartir la profunda tristeza, la infinita amargura con que las manos de Gregorio Fernández dotaron a ese rostro hermosísimo.

 

En estos casi cuatro siglos transcurridos desde que el paso del “Descendimiento” salió del taller del imaginero, en la calle Sacramento del barrio de San Lorenzo, el dolor de la gente, el dolor de la ciudad ha cambiado de aspecto pero sigue siendo igual de profundo, oscuro y frío. Una de esas formas de sufrimiento contra la que no parece haber remedio, es la velocidad, el vértigo suicida que cambia en un instante el paisaje vital de las personas. Casi a diario los periódicos recogen en crónicas sin alma, las iniciales de gente que ha segado su vida entre un amasijo de hierros retorcidos.

 

Una distracción al volante, un adelantamiento inadecuado, exceso de velocidad, exceso de alcohol…Se publican las causas del accidente como advertencia al resto. Poco o nada se dice del dolor que causa ese segundo dramático que delimita la vida de la muerte, a los familiares y amigos más cercanos conscientes que nada volverá a ser igual en el futuro. ¡Ojalá, que vuestra intercesión sirva para que se recuperen la cordura y la prudencia, capaces de evitar ese reguero de sangre, dolor y muerte que siembra cada día la velocidad en nuestras carreteras!

 

Hay otros dolores, otras muertes que se esconden en las esquinas nocturnas de los barrios más humildes. La maldita droga que forma parte del paisaje de nuestra sociedad como algo natural e irreversible, sin que nadie acierte a detener esa cadena siniestra que empieza en la adolescencia con la promesa inocente de descubrir nuevas sensaciones y termina pocos años después en el solitario y cruel desenlace de una sobredosis.

 

A fuerza de repetirse, esas muertes han dejado de ser noticia. Unas líneas en la sección de sucesos y poco más. El daño colateral del drama es una familia destrozada por un final que, no por esperado, resulta ser menos dramático. Pero las cosas, para los vendedores de la muerte blanca, seguirán igual, una baja en la lista de clientes que no tardará en ser cubierta por otro, seguramente más joven.

 

De nada sirven las manifestaciones de los vecinos de los barrios donde crece este siniestro mercado, de nada sirven las redadas policiales, ni las condenas, porque al igual que la nómina de clientes va cambiando, también cambia la de los mi­serables traficantes. Y lo malo, Señora, es que este dolor está demasiado enquistado en el alma de la ciudad y se empieza a ver como algo inevitable, fruto de los nuevos tiempos, con lo que hay que aprender a convivir. ¿Convivir o conmorir?.

 

Apenas hace un mes ocupó la primera página de los medios informativos la muerte de un joven francés que acababa de llegar a Valladolid para festejar el cumpleaños de una amiga. Tres puñaladas asestadas por otro muchacho, menor de edad, en plena calle acabaron súbita, trágicamente con su vida. ¿Qué ocurre con nuestros adolescentes para que conviertan una simple discusión en un drama de tales proporciones?.

 

La noche, su noche, que debería sustentarse en los sueños, a veces se rasga de arriba abajo con el puñal del odio, y la calle, su calle, que debería estar abierta a la diversión y a la amistad, se convierte en un escenario violento en el que no hay sitio para la hermosa experiencia de descubrir la brisa junto a las flores del alba.

 

Es difícil, Señora, que la razón acepte que alguien pueda morir de manera tan absurda cuando apenas ha comenzado a vivir.

 

Me pregunto si ese drama que envuelve a los hijos tiene algo que ver con el que también con harta frecuencia sacude a los padres. Los periodistas, por esa deformación profesional que tiende a sintetizar las cosas, hemos bautizado como violencia de género al bárbaro desenlace en que a veces culmina el desencuentro afectivo de dos personas que un día fueron pareja y se juraron amor eterno.

 

El amor, en efecto, puede tener fecha de caducidad por mucho que nos duela, pero la vida en común ata otros lazos antes de desembocar en el vacío triste del silencio. Cuando se acaban las palabras y apunta un horizonte de indiferencia, al menos debe permanecer el respeto al ser humano con el que se han compartido muchos momentos felices y seguramente también el milagro compartido de los hijos. Y eso, que parece tan lógico, lo arrastran a veces los vientos del odio y la sinrazón que se traduce en amenazas, acosos, agresiones y muertes de mujeres a manos de hombres que responden al perfil de enajenación mental transitoria, una manera técnica de definir lo indefinible.

 

La sociedad en que vivimos tiene una tendencia cada vez más acusada a pasarlo todo por el tamiz de los datos estadísticos. Los números siempre son más fríos que dramas como los accidentes de tráfico, la drogadicción, las reyertas juveniles, la violencia de género. Los números se digieren mejor que las tragedias por esta sociedad que está olvidando el significado de palabras como amistad, ternura, honestidad, respeto, solidaridad…

 

De las catacumbas del hambre llegan gentes en busca del paraíso remoto del bienestar que alguien les ha contado. Son inmigrantes del otro lado del mar o de países tan pobres que afrontar cualquier riesgo vale la pena. La inmensa mayoría no tienen papeles, no tienen contratos y apenas viajan con el sueño de prosperidad que muchas veces se desvanece entre la niebla de un paraíso perdido.

 

Unos optan por la mendicidad y otros por la vía rápida de la delincuencia y se transforman en gentes incómodas para no­sotros, instalados en el bienestar de este lado de la vida. Es un conflicto de difícil solución, porque mientras los hay que se esfuerzan por integrarse a una nueva vida, a un nuevo país, a unas nuevas costumbres, otros se mueven en la marginalidad y en la pobreza y acaban convirtiéndose en desdibujadas figuras del retablo social de la ciudad.

 

Algo habrá que hacer, por su parte y por la nuestra, que no sea lo de obviar el problema como quien mete el polvo debajo de la alfombra. Ayúdanos, Señora, ayúdales para encontrar una salida al drama humano de estas gentes que han perdido el poco equipaje que metieron en el corazón al abandonar sus lejanas tierras: la esperanza.

 

He aquí un catálogo descamado de dolores, de problemas, de preocupaciones que brotan en el asfalto diario de la vida. A unos les afectan y a otros les resbalan. Problema añadido, éste de la insolidaridad y el egoísmo. Quisiera creer que en el zócalo del alma no somos así y sí nos afectan estas pequeñas y grandes tragedias cotidianas. Tal vez necesitemos de tu ayuda, Virgen de la Vera Cruz, para quitamos ese barniz de indiferencia y sembrar de palabras el silencio.

 

Buscar en la esperanza la razón de la vida, recuperar la fe para ir más allá de la muerte. Conceptos que el periodista que soy ha rebuscado en el poeta adolescente que quise ser para ofreceros estos versos a Vos, Señora, Madre de Dios y Madre nuestra.

 

Tanto dolor desprende esa mirada,

 

inmensa soledad mirando al cielo,

 

de la que apenas sobrevive el vuelo

 

de una esperanza desesperanzada.

 

Tanta amargura, Madre desolada, que trasciende del rostro el desaliento para llevar al corazón el duelo con el brillo acerado de la espada

 

A todos nos invade la tristeza de tu imponente imagen silenciosa

 

y sola al pie de la desnuda cruz, pero al menos conforta la certeza de que mañana, Virgen Dolorosa, de las tinieblas surgirá la luz. 

 

JOSE MIGUEL ORTEGA BARIEGO